el sonido de tu voz

Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

Pensemos en un cuerpo pequeño, frágil. Cuerpo de niña; cuerpo creciente. Imaginemos esa materia, ávida de mundo y de historias, que es llevada y colocada frente a una enorme pintura. En sus oídos ha retumbado: “esto que ves es el infierno”. Luego de un profundo silencio que ha durado casi nada, ante sus ojos se despliega un grito atroz: seres que se contorsionan infinitamente, que permanecen congelados en el gesto del espanto, engullidos por bestias, hendidas sus entrañas por demonios. Seres que son sometidos a castigos que se reducen a uno solo: el de la perpetuidad del horror en una imagen cuyo fin es someter y silenciar, alzar la voz del juicio único y callar las bocas de los condenados. Volverse lección: “por ejemplo”. Hacer creer. Eternizarse en el dogma.

La niña retira los ojos pero no logra hacer cesar el grito. El poder de la imagen. El poder de la fe. Los condenados de la tierra no callan. En su pequeño y frágil cuerpo se condensan todos los martirios percibidos: sus intestinos se ahuecan y su corazón se acelera. Es el miedo. “No mentirás”. “Lo amarás por sobre todas las cosas”. “No desearás”. “No cometerás actos impuros”. “No”. Entonces, su paso antes ligero y curioso empieza a abatirse. Antes hambrienta de mundo, ahora le teme: las caras del horror de las que llaman ‘vanas’, ‘deliciosas’, ‘adúlteras’, ‘hechiceras’ estallan en sus ojos. Ansiosa de historias, le han contado una que invalida todas las demás: “irás al infierno”. Una sola historia. Un solo modo de vivir. Con miedo.

Este óleo de gran formato, cuya versión original data del siglo XVII, permanece en el ala norte de la Iglesia de la Compañía, en el Centro Histórico de Quito, todavía hoy iniciando en la fe cristiana a muchos de los habitantes de la franciscana ciudad desde edades escolares. Hasta ayer, justo al otro lado del muro del que cuelga el tortuoso cuadro, y por un brevísimo lapso de tiempo, se exhibió en la azotea del Centro Cultural Metropolitano el mural denominado Milagroso Altar Blasfemo, obra realizada por el colectivo boliviano Mujeres Creando e incluida en la muestra “La intimidad es política”: un altar que nos recuerda con sarcasmo ese peso que las diversas hemos cargado sobre nuestros cuerpos durante los siglos de los siglos.

Hoy, el mural ya no puede verse, mientras del otro lado, el cuadro del infierno se eterniza. Las razones de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana que impulsaron el acto de censura incluyen argumentos que se respaldan en conceptos como los de “derechos fundamentales”, “disenso”, “posiciones ideológicas”. Sí: es el tipo de discurso al que ahora recurren los representantes de El Vaticano en Ecuador. Hablan de disenso y de derechos, hablan de libertades y acusan al resto de imponer “ideologías”. Su dignidad herida. Aunque usted no lo crea. ¿Alguien nos ha preguntado qué pensamos sobre el cuadro del Infierno y sobre su don de la densidad sobre los cuerpos que aún seguimos siendo vulnerados? Y, por cierto, como escribió alguien en redes sociales, ¿y desde cuándo tenemos Conferencia Episcopal Ecuatoriana?, ¿la teníamos hace unas semanas, cuando estalló el caso de 41 niñas y niños abusados en un colegio al sur de Quito?, ¿qué han dicho los señores sacerdotes sobre los actos de pederastia en Ecuador por parte de miembros de su iglesia?, ¿hacen comunicados de prensa cada vez que una mujer en es violada, golpeada o asesinada en el país, cada día, cada semana?, ¿salieron a marchar con nosotras en noviembre del año pasado?, ¿usaron el discurso de los ‘derechos fundamentales’ y de la ‘ideología’ para resistir con nosotras, para solidarizarse, para educar en el amor a la prójima como a ti mismo, en el amor a ti misma por sobre todas las cosas, en el serás libre? Preguntas necias para oídos sordos de tanto escuchar el grito estridente de sus condenados, como ellos los imaginan.

Alguien ha dicho que no era necesario usar imágenes tan fuertes para hacer una crítica al poder aún aplastante de la Iglesia Católica sobre los cuerpos de nosotras las mujeres, de nosotras las diversas. “Pero para saber –ha dicho el historiador de arte Georges Didi-Huberman– es preciso imaginar el infierno”. No el de ellos, por cierto: infierno imposible de imaginar porque está hecho de imágenes que ya lo han dicho todo, que no han dejado un solo resquicio para la idea, para el disenso, para la duda. No ese infierno, pero sí los nuestros: los infiernos cotidianos de las mujeres que callan ante la violencia marital de todos los días; los infiernos indecibles de las que fueron violadas por algún familiar y son obligadas a tener el hijo producto de esa violación; los infiernos de las que son juzgadas porque no quieren ser madres. Los infiernos de las que fueron condenadas a que lo último que vieran sus ojos fuera el rostro cobarde de su agresor.

Son precisamente esos infiernos los que imagina el mural de Mujeres Creando. Para denunciarlos, no había manera de no afectar sensibilidades. Ya no hay manera. Las imágenes deben afectarnos. Algo se ha removido. Es eso lo que ahora debemos debatir. Porque el cuerpo de la niña que fui frente a aquel cuadro del dogma abrió los ojos un día, cuando vivió el infierno, y conoció la multiplicidad del grito de las condenadas: debíamos mirar distinto. Por eso nos censuran. Porque ahora miramos sin miedo.

La breve permanencia del mural dice mucho de su fuerza. La imagen que reposa en la iglesia solamente puede ser vista desde la fe, desde la ingenuidad de los que creen. Por eso necesita eternizarse, imponerse, mandar a callar. El Milagroso Altar Blasfemo es la imagen nueva. No precisa quedarse porque su permanencia es de otra índole: la de persistir en la afectación, en el diálogo. Nos corresponde entonces, como sugiere de nuevo Didi-Huberman, elaborar la falta, darle forma al resto, luego de que la desaparición de la imagen se ha consumado. La imagen se sigue haciendo luego de su entierro. Su materialidad persiste en los ojos de quienes la vieron. Porque esta nueva imagen imagina los infiernos para dejar hablar a todas, para no callar a nadie. No callemos. Nunca más. (ksm)

 

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