el sonido de tu voz

Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

Hoy es el día de la mujer. Podría ser también el día de la madre. En el uno, las mujeres hemos logrado que las flores regaladas sean cada vez menos frecuentes, procurándonos un día de protesta. En el segundo, nos regresarán las flores, nos devolverán el cielo al que, tal vez, no queremos pertenecer.

Aún no sé si podré salir hoy a la calle porque soy parte del grupo de mujeres que se dedica al cuidado de otros, de mis hijos, especialmente de uno que tiene discapacidad. Generalmente, mujeres como yo carecen de reemplazo o quienes las reemplazan son otras mujeres que también querrán parar, querrán gritar. La complejidad de esta cadena de cuidados nos coloca en una situación curiosa: cargamos con siglos de estigmatización, etiquetadas como las enfermeras, las cocineras, las profesoras, las gestoras, las costureras, etc. que proveen servicios a otros, de modo sacrificado, sin esperar nada a cambio. Excepto flores. Y ese es el cielo al que debemos aspirar. Los demás piensan que esos trabajos nos dignifican o incluso nos santifican, en tanto nos permiten cumplir una misión celestial, por la que deberíamos sentirnos bendecidas y ser gratas.

Pero lo que desconocen es que en el cuidado hacia los otros está nuestra resistencia a esas mismas etiquetas: también decidimos cuidar de los hijos e hijas porque en cada sanación, en cada alimento, en cada canción, en cada tarea hacemos de ellas y de ellos seres humanos nuevos, solidarios, libres, feministas. En un mundo como el que nos ha tocado vivir, no concibo para mí una maternidad que no sea política, en el sentido en el que asumo la responsabilidad del tipo de personas que saldrán en unos años de la casa que compartimos para vivir ese mundo y cuestionarlo. Criar seres humanos críticos, libres y nunca conformes es mi consigna. Yo no sobreprotejo ni alimento pequeños egos para que salgan en el futuro a competir como fieras y a tratar de ser los primeros, a costa de todo y de todos. Yo abrazo y empollo curiosidades que espero que más tarde tengan la capacidad de alzar la voz e indignarse, libertades que puedan caminar solidarias por caminos que aún no se recorren.

A veces, tengo la sensación de que si yo no estoy, el quiosco se derrumba. A veces es demasiado. A veces –ahora lo sé– el quiosco se derrumba. Pero cuando cuidas a otros como un modo de resistencia, pronto los otros empiezan también a proveer sus cuidados, a sostener la vida junto a ti. La semana pasada, el Juli sufrió una caída aparatosa. No suele ser fácil lidiar con sus accidentes, porque en su situación de discapacidad, no puedo evitar percibirlo más vulnerable. Cuando lo vi en el suelo, sangrando nariz y boca, estuve a punto de desfallecer y sentí soledad. Pero mientras lavaba su rostro tratando de percatarme de la gravedad del golpe, un Tomás asustado se puso manos a la obra: sacó hielo del congelador, lo puso en una bolsa plástica y me lo dio para colocarlo en la boca de su hermano. Tomó el teléfono y llamó a su abuela para que nos ayudara. Luego, buscó toallitas húmedas y se encargó él, sin preguntar y sin esperar que nadie más lo hiciera, de limpiar la sangre del rostro y de las manos del Julián. Me sentí conmovida. Más tarde lloró confesándome el miedo que le da pensar que algo malo le pueda pasar al Juli. Y sin embargo, un día después, se molestó conmigo porque no dejé que Julián se cambiara de ropa solo, y me dijo “mami, ¿no crees que ya es hora de que dejes de pensar que es imposible. No es imposible, él sí puede. Deja que lo haga solo, confía en él”.

Ayer, en cambio, Tomás lloró porque le reclamé el no haberme avisado que jugaría con su tablet, una regla definitiva en nuestra casa. Mientras lloraba sintiéndose culpable, Julián se acercó a él y le preguntó qué sucedía. Sin esperar respuesta, fue por una servilleta y limpió sus lágrimas. Tomás sujetó su mano y la besó.

Desde esta, nuestra trinchera, nosotros resistimos. Nos hacemos sensibles ante la presencia del otro, ante sus circunstancias. Nos negamos a seguir la dinámica egoísta del mundo que negocia con las flores para regalarlas como premio de consuelo. Estamos en paro constante. Cuidarnos es nuestro mayor grito de protesta.

Julián. Tomás. Los hijos y las hijas de mis amigas. Ellos ya no regalarán flores. Ellos serán las flores. (ksm)

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