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Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

Que un periodista use, ya en la segunda década del siglo XXI, términos como “minusválido” o “disminuido” para referirse a una persona en situación de discapacidad, indigna pero no sorprende: la labor del activismo que por años reclama el cumplimiento de los derechos de las personas con discapacidad continúa chocando una y otra vez con esta porfía que se confunde con ignorancia, y parece estar condenada a su descarada reiteración. En su edición del 21 de febrero de 2017, el programa de entrevistas Castigo divino, que se transmite por internet y es conducido por el también periodista Luis Eduardo Vivanco, tuvo como invitados a la periodista Janet Hinostroza y al ex-periodista Jorge Ortiz. La conductora del noticiero de Teleamazonas usó uno de esos términos para referirse al candidato presidencial del oficialismo, Lenín Moreno, quien desde hace algunos años y debido a un accidente es usuario de silla de ruedas. Cuando Vivanco le preguntó a Hinostroza cómo había percibido al candidato durante una entrevista realizada en su programa, también le inquirió sobre su condescendencia con respecto a Moreno. Sí, la palabra es condescendencia. No la usó Vivanco pero la uso yo, porque ser condescendiente, como lo han sido Hinostroza y otros reconocidos periodistas ecuatorianos, tiene serias implicaciones: sugiere el peligro de acomodarse por bondad o lástima a la voluntad de una persona a la que se le confiere una imagen de debilidad. Veamos: cuando Vivanco le hace esta observación a la periodista de Teleamazonas, ella le responde: “Yo tengo un concepto y es que se trata, y con todo respeto, de una persona minusválida, y aunque no lo creas -ponte en la mente del ecuatoriano- acabas con el minusválido y te odian a ti, la gente dice ‘pobrecito'”. Luego Vivanco recurre a ejemplificar esta situación por medio de una analogía bastante desubicada que redunda también en este trato equívoco, tras lo cual Hinostroza asegura que todo lo que se diga sobre Lenín Moreno puede ser malinterpretado, por lo que se requiere ser “sagaz, audaz”, afirma ella. Pocos minutos después, Jorge Ortiz, cuya presencia junto a Hinostroza como el periodista en servicio pasivo es poco más que incómoda, retoma las impresiones con respecto a la situación de discapacidad de Moreno y se refiere a él como una persona “disminuida”. Nada más y nada menos.

A estas alturas, luego de haber vivido una de las jornadas electorales más tensas y fraudulentas de la historia democrática ecuatoriana, y cuando se espera una no menos compleja segunda vuelta, señalar estos desatinos periodísticos puede parecer inoportuno, innecesario e incluso contraproducente. Sin embargo, una pregunta debe impulsarnos a reflexionar: ¿qué sucedería si Lenín Moreno ganara las elecciones?, ¿tendríamos un presidente al que habría que tratar con pinzas por ser “una persona minusválida”? Y si no sucediera, ¿nos espera entonces un mes de campaña política en la que uno de los dos candidatos será tratado de manera diferenciada debido a su discapacidad? Pienso que debemos desmenuzar esta situación. Existen dos circunstancias que es necesario comprender por separado. Por un lado, está el hecho de continuar usando términos como “minusválido”, “inválido” o “disminuido”. Ahora bien: no se trata de abogar por la imposición del término políticamente correcto. Se trata de entender que las palabras dan forma a realidades. Pero además, una vez que este debate alrededor del mundo ya ha dado lugar a consensos sobre el uso de ciertos términos más adecuados para referirse a determinadas situaciones, los que menos pueden desconocer dichos consensos son los comunicadores sociales cuya imagen y voz les representa una dosis de poder ante millones de personas. Que Hinostroza, Vivanco, Ortiz y todos los demás desconozcan ese poder que ejercen es improbable. Lo que parece, sin embargo, es que ese poder se somete tan poco a estándares de calidad de información y de seriedad de argumentos, que termina por quedarse dormido sobre los cómodos laureles del privilegio que ellos ostentan sobre el resto de ciudadanos. Estos periodistas pecan, y es necesario decirlo en voz alta, de una ignorancia imperdonable en lo que respecta al estado de la discusión sobre políticas sociales, derechos humanos y diversidad. Sobra decir que su obligación es mantenerse informados constantemente con respecto a estas discusiones y, mínimamente, con respecto a los términos consensuados para referirse a ciertos individuos. Se trata de un deber que se circunscribe a la ética profesional y también a la ética ciudadana.

Pero el asunto del léxico es mucho más complicado y, en este caso, además de la irresponsable ignorancia de los periodistas, apunta también en otra dirección: que los comunicadores sociales más mediatizados de un país que se jacta de ser un ejemplo en políticas sociales y cumplimiento de derechos de la población con discapacidad aún no sepan los términos que deben utilizar después de diez años de correísmo, es el reflejo más claro del fracaso de la llamada revolución ciudadana en términos de discapacidad. Muchos de los trabajadores públicos que tienen algún tipo de función relacionada con asuntos sobre discapacidad, especialmente en ministerios como el de salud, el de educación o el de inclusión social, se jactan del dominio de un vocabulario ya caduco. No obstante, lo usan, lo escriben, lo divulgan por donde quiera que van, con orgulloso desparpajo: el activismo internacional en torno a la discapacidad ya no usa ni admite términos que aquí se siguen usando, como “persona con capacidades especiales” o “con necesidades especiales”. Hoy en día, el término “discapacitado” está también en discusión, porque la persona debe ir antes que cualquier etiqueta. Lo correcto hoy por hoy es decir “persona con discapacidad” o “en situación de discapacidad”, aunque se gaste más saliva, toda vez que la discapacidad se reconoce como un complejo constructo social, cultural y económico que limita el acceso en igualdad de condiciones de individuos con ciertas características de diversidad biológica, física, sensorial, mental o cognitiva. Ese es el concepto de discapacidad desde una visión de derechos, a partir de lo que se conoce hoy como “modelo social de la discapacidad”, reconocido y usado por la Convención de Naciones Unidas por los Derechos de las Personas con Discapacidad. Lenín Moreno debe estar al tanto, suponemos, de ese concepto que representa un cambio de paradigma. Si en otros países de la región los medios de comunicación ya se cuidan al usar estos términos y no los otros, que no suceda en Ecuador no es más que la prueba de una política estatal vacía e ineficiente en lo que respecta a promoción de derechos y demuestra que la discapacidad ha sido usada para los propósitos más descarados, más aún en época de elecciones.

Ahora bien, ¿hay otro motivo por el que Lenín Moreno haya sido designado como candidato del oficialismo que no sea el de su relación con la discapacidad? Desde su circunstancia personal, hasta su carismática imagen atada a la Misión Manuela Espejo y al bono Joaquín Gallegos Lara, pasando por su rol en Naciones Unidas, lo que el aparato correísta ha construido es la imagen de un individuo que personifica los imaginarios más tradicionales y estigmatizantes en torno a la discapacidad y los utiliza para negar las posibilidades del diálogo, especialmente de las voces que disienten. Esa es la segunda circunstancia que se desprende de esta incómoda situación: en Moreno, los ciudadanos ven reflejada las nociones de caridad, ternura, lástima y condescendencia que caracterizan los modos en los que nos relacionamos usualmente con los individuos con discapacidad. Así, han logrado forjar la idea de un individuo incapaz de hacer daño, de robar, incapaz de asumir el poder de manera irresponsable. Hinostroza, Vivanco y demás, como se ve, han caído en la trampa: ya sea por esa errada concepción de respeto que dicen tenerle o por no provocar la indignación ciudadana ante “el pobre minusválido”, lo que estos periodistas hacen es bailar al ritmo que la revolución ciudadana toca en cuestiones de discapacidad desde hace diez años. Un ritmo que embelesa y engaña, porque no le conviene que se sepa cuál es el estado de la discusión en torno a la discapacidad. No le conviene, por ejemplo, que se sepa que la Convención de Naciones Unidas reprueba el uso indiscriminado de la imagen de las personas con discapacidad, que perpetúa concepciones equivocadas de lástima y caridad; no le conviene que el mismo acuerdo internacional, que ya tiene diez años de vigencia, reproche las prácticas asistencialistas que este gobierno ha llevado a cabo y que se sepa que el Comité hizo en 2015 observaciones al estado ecuatoriano con respecto a estas y otras prácticas, observaciones sobre las que Ecuador deberá presentar un informe el próximo año; no le conviene, por ejemplo, que se entienda que la calificación porcentual de las discapacidades es un acto que atenta contra los derechos de esta población, que extiende la idea de la discapacidad como enfermedad y discrimina a seres humanos según lo que ahora se conoce como “capacitismo”, es decir, las prácticas discriminatorias debido a las cualidades funcionales o a las capacidades de determinados individuos.

Promover este cambio de paradigma no es sencillo. Por momentos, parece tarea quijotesca. Sin embargo, quienes militamos en esta causa no nos cansamos, no podemos hacerlo, a pesar de ver pasar ante nuestros ojos las prácticas más humillantes. Quienes vivimos la discapacidad tratamos de no desfallecer a pesar de todo. Por eso, exigimos que los medios de comunicación y, sobre todo, sus figuras más renombradas, busquen información al respecto y actualicen lo que saben en torno a la discapacidad. Exigimos también que el otro candidato presidencial, Guillermo Lasso, se asesore mejor: su desconocimiento no solamente es notorio sino además, grave. En un contexto político como el ecuatoriano es lo mínimo que pueden hacer: si lo que quieren es mostrar respeto por ambos candidatos, deben exigirles a los dos respuestas que estén a la altura de su posible cargo. Tratar al uno de manera condescendiente es discriminarlo, es la peor manera de faltarle al respeto. Pero, al mismo tiempo, es la mejor manera de jugar el juego que el correísmo ha creado en su propio beneficio. De otro modo, si Moreno logra finalmente la presidencia, estaremos desprotegidos, pues los medios de comunicación serán los primeros en morderse la lengua ante los actos de corrupción que todos sabemos que han cometido. Si le tenemos lástima a Moreno, ¿cómo le vamos a pedir que rinda cuentas? (ksm)

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