el sonido de tu voz

Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

María Cristina, la madre, no ha llorado por María José y Marina, como lo hemos hecho muchas de nosotras en estos días. Seguramente tampoco ha llorado por Vanessa, ni por Karina, ni por tantas otras… por tantas otras… María Cristina piensa que todas ellas se lo buscaron. Piensa que cada vez que nos pasa algo, ya sea en la calle -como quien dice: “¡para qué saliste sola!”- o en la casa -como quien dice: “¡tú fuiste la que se casó con él!”, nos pasa porque todas nos lo buscamos. Y entonces, piensa que nos lo merecemos.

María Cristina inicia sus desafortunadas palabras ubicándose en una posición de poder, además de la del cargo político que ostenta: “yo soy mamá”, declara, y con eso, recurre a una falacia argumentativa de autoridad y piensa que puede dejar por los suelos, así nomás, cualquier posibilidad de dejarse afectar por el sufrimiento de otras. “Yo soy mamá”, ha dicho, y una se pregunta qué sentirán las madres de María José y Marina al leer estas palabras.

No es la primera vez que una mujer recurre a este tipo de argumentos para fijarlos como una estrategia de autoridad. Como si ser madre implicara, por naturaleza, tener la dosis perfecta de sapiencia, magnanimidad y omnipresencia, virtudes poco terrenales que hacen de la maternidad una condición celestial que no tiene nada que ver con el cuerpo, que nos hace creer que la maternidad nos permite por fin recuperar la virginidad perdida. Desde esa voz autoritaria, madre y mujer son dos identidades contrapuestas, casi como si la una negara a la otra. Así, solamente ser madres nos libra de los infiernos y por eso, decidir no tener hijos o abortar nos recuerda que estamos naturalmente condenadas.

Esa maternidad que se alza como una negación del cuerpo de una misma, se alza también como una negación del cuerpo de las otras y de los otros, y viceversa; por lo tanto, se erige como una maternidad impositiva, obstinada, que no se conmueve, que no se doblega. En otras palabras, se erige como una maternidad macha, a imagen y semejanza de las normas patriarcales. Es esa maternidad, ajena a la solidaridad y ajena a conmoverse, la que le conviene a un estado represivo y machista; es esa maternidad la que lleva a algunas mujeres que son madres a sentir lástima por aquellas que han decidido no serlo. Aunque en el fondo, guiño de ojo incluido, sabemos que lo que realmente sienten es envidia.

María Cristina ha hablado desde la maternidad concebida como sacrificio, como devoción. Y esa es una maternidad egoísta. Porque la maternidad, la otra maternidad es, ante todo, una convicción desde y del cuerpo . Cuerpo que se abre para parir otro cuerpo. Cuerpo que se inclina hacia la protección de otro cuerpo y desde el cuerpo del hijo, de la hija, se inclina hacia todos los cuerpos. Cuerpo que se siente vulnerable al abrirse y que por eso, siente la vulnerabilidad de los otros, el dolor de los otros.

Yo, que también soy madre, me estremezco al pensar que los cuerpos de Marina y María José (y los de Vanessa, y los de Karina, y los de otras), sean cuerpos que salidos del cuerpo de sus madres hayan devenido en víctimas. Me estremece la sola idea de su dolor, la sola idea del dolor de sus madres. Yo, que también soy madre, me indigno por cada vez que alguien asume que nuestro cuerpo es patrimonio de cualquier instinto descontrolado y de cualquier ley criminalizadora. Me estremece pensar que mis hijos no puedan salir a la calle porque una sociedad ha asumido la violencia como algo natural y la misoginia como una estrategia legítima de control.

Ser madre no puede ser un argumento de autoridad para decir lo que la violencia quiere que digamos. Ser madre es, ante todo, una decisión ética que invoca una responsabilidad. Lo otro es un dogma. Y de dogmas ya estamos catastróficamente invadidas. (ksm)

 

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