el sonido de tu voz

Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

En días pasados, se podía llegar al Quito Airport Center y ver que en el fondo de la pileta que está en el primer piso del edificio centellaban cientos de monedas de distinta denominación. En un primer momento, uno podía pensar que aquella costumbre bastante supersticiosa de pedir deseos lanzando una moneda al agua, se había adueñado de un lugar muy poco convencional. Pero a medida que uno iba subiendo las escaleras eléctricas, podía percatarse de la intención detrás de tal situación: del altísimo techo del edificio, colgaba un gran cartel que exhibía la imagen de la anterior reina de Quito junto a dos niñas con síndrome de Down. Sobre la fotografía, se podía leer: “Lanza tu moneda en esta pileta y nosotros la donamos”. Y luego, debajo de la imagen, con el fin de conmover a los turistas extranjeros, se podía leer una frase en inglés: “Share your wish with those who need it most” (“Comparte tu deseo con aquellos que más lo necesitan”).

FOTO AIRPORT

La ecuación es infalible: reina+monedas+ternura (o lástima, elija usted)= estereotipo. ¿En qué se diferencia este acto de la práctica de ‘lanzar’ monedas en la calle al mendigo al que le falta una pierna? En nada. Solamente que aquí, la reina actúa como mediadora, poniéndole cara a un poder esencialmente mediático que necesita de una mujer, elegida sobre todo por su aspecto físico, y de personas con discapacidad, mejor aún si son niños o niñas, para explotar los sentimientos de compasión cristiana que la ciudadanía aún no sabe cómo controlar.

Pues de esto, en dosis mayores, seremos testigos el día de mañana: el Municipio, con todo y nueva reina, cantantes (los de siempre) y políticos (los de siempre), teñirá del color de la compasión el traje ya de por sí aburrido de la franciscana ciudad. Nada mejor para hacerse de amigos y acercarse a terrenos conciliadores, puesto que haciendo oposición, el alcalde Rodas se sentirá aliviado al saber que en temas de discapacidad actúa exactamente igual que aquellos a quienes critica.

El libreto es el de siempre: presentarán imágenes de niños y niñas con discapacidad de varias fundaciones que se han prestado para el momento de fama. Les pondrán música, de esa que conmueve a todo el mundo, incluso a los corazones más revolucionarios. Harán zoom a las caritas de estos niños y niñas, o de sus madres, desentendiéndose de lo que la ley estipula al respecto. Cantarán canciones que sonarán como suena el jingle quiteño de toda la vida, que si uno le cambia la letra puede funcionar o bien para promocionar la teletón o bien para un partido de fútbol. Alguien llorará, otros tantos agradecerán los sentimientos de solidaridad y el buen corazón del pueblo quiteño. Todos irán a su casa sintiéndose más cercanos al cielo.

¿De qué nos quejamos entonces? El año pasado, el Comité por los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU hizo públicos sus cuestionamientos a la práctica de la Teletón, especialmente en México y en Chile, países de donde Colombia, Ecuador y otros han sacado la jugosa idea. En ese momento, el Comité expresó que la campaña de la Teletón promueve estereotipos de las personas con discapacidad, atentando contra su dignidad y exhibiéndolos no como titulares de derechos, sino como sujetos de caridad. Tales declaraciones no hicieron más que hacerse eco de un reclamo generalizado por parte de organizaciones que luchan por los derechos de las personas con discapacidad a lo largo de América Latina. Pero ante todo, el llamado de atención de la ONU nos recuerda que esta campaña incumple con los lineamientos establecidos en la Convención de Naciones Unidas por los Derechos de las Personas con Discapacidad, acuerdo del que Ecuador es país firmante desde el año 2008. En dicho documento, los países miembros se comprometieron a: “abstenerse de actos o prácticas que sean incompatibles con la Convención, y velar por que las autoridades e instituciones públicas actúen conforme a lo dispuesto en ella”. En ese sentido, un acto como la Teletón atenta contra esos derechos, especialmente con el estipulado en el literal b del Artículo 8 de dicha convención, en donde se convoca a los estados parte a “luchar contra los estereotipos, los prejuicios y las prácticas nocivas respecto de las personas con discapacidad”.

¿Quién vigila el cumplimiento del acuerdo en Ecuador?, ¿no debería hacerlo la Setedis o la Vicepresidencia? ¿por qué es tan fácil pasar por encima de estos derechos?, ¿cuáles son los discursos y los imaginarios que permiten que estos actos sean vistos como apropiados, ante todo en épocas cercanas a la Navidad, sin que se asuma ninguna responsabilidad frente al incumplimiento de esos derechos? Pueden justificarlo como les dé la gana. Esto es muy sencillo: el Municipio de Quito es una institución pública que, ante la mirada indiferente de un estado que también manipula la imagen de la discapacidad, viola los compromisos de la Convención de Naciones Unidas e, incluso, la misma Constitución ecuatoriana.

La investigadora y activista Jackie Gay afirma: “Las personas con discapacidad alrededor del mundo estamos comprometidas con una lucha larga y complicada en torno al modo en el que solemos ser representadas y al significado atribuido a esas representaciones, que asumen la discapacidad como estigma, como señal de un alma dañada, como seres menos que humanos, como dependientes, débiles, asexuados, desvalorados” (mi traducción). Habría que añadir: como seres ideales para los actos de caridad que la sociedad necesita llevar a cabo cada cierto tiempo, como modo de justificar los presupuestos institucionales y sus formas ingenuas de realizar lo que ellos denominan “responsabilidad social”.

Mañana, mucha gente meterá su mano al bolsillo y lanzará unas monedas a las cuentas bancarias dispuestas para el show de la compasión. Mientras tanto, este debate seguirá pendiente: las supuestas políticas innovadoras sobre discapacidad promovidas por la revolución ciudadana debieron impulsarlo hace rato, pero si no ha sido asumida la necesidad de discutirlo es porque en medio de un estado de propaganda, a nadie le conviene dejar de aprovecharse de la lástima de todos y todas. Pero tarde o temprano tendrá que suceder. Hasta tanto, unos pocos, como siempre, no nos quedaremos callados, porque sabemos que los derechos no se negocian.

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