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Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

Por Karina Marín

En marzo de este año, luego de varios meses de búsqueda, matizada con cierto pesimismo, se abrieron para Julián las puertas de una nueva escuela. El lugar, sencillo y pequeño, dejaba notar en pisos, pupitres, patios y puertas los muchos recursos que le hacían falta. Pero la sensación de acogida hacía de cada falta un elemento secundario: habíamos conseguido un colegio para Julián y casi no nos importaba nada más.

Julián se adaptó de maravilla: uno de los promotores de este encuentro había percibido que él estaba un poco deprimido y necesitaba sentirse rodeado de niños y niñas. Y así fue: a los pocos días, Julián ya decía el nombre de sus nuevos amigos, de sus profesoras, de su nuevo colegio, y estaba feliz. Se veía que estaba feliz.

Es curioso cómo en un proceso de inclusión, que puede ser tremendamente complejo, los niños y niñas, tanto los que reciben al nuevo compañero como el que se incluye, pueden ser los que menos problemas ocasionen. He visto más de una vez cómo son los adultos involucrados los que complican las cosas. De todos modos, a sabiendas de que todo proceso no puede ser perfecto, es importante persistir.

Y nosotros persistimos. Pero pronto nos dimos cuenta que algo andaba mal. Julián estaba contento y sus compañeros lo querían. Pero Julián no tenía una relación con su profesora. La persona encargada de las adaptaciones y su acompañamiento eran quienes habían establecido una relación pedagógica con Julián, mientras la profesora observaba los toros de lejos: sus acercamientos eran esporádicos y siempre estaban mediados. Ella no sabía cómo trabajar con Julián. Poco tiempo después me di cuenta de algo más grave aún: ella no sabía cómo trabajar con ningún niño. Aunque era la profesora de los otros, los gritos y la desorganización eran sus herramientas más visibles, ante la indiferencia de sus colegas y de la misma directora. Y todo se complicó aún más cuando un día uno de los alumnos se animó a callarla frente a todo el grupo: ese alumno fue Julián, que intolerante ante sus gritos, le dijo con voz firme y clara “¡Silencio!”. De repente, el niño con discapacidad fue el único capaz de enfrentarla: se había transformado en una amenaza para su extraño régimen educativo.

Frente al resto de familias, que en un par de eventos escolares nos vieron a Julián y a mí con lástima e incertidumbre, nosotros teníamos una ventaja: si la acompañante de Julián se transformó en algo así como la guardiana de Julián y de todos los niños del salón, Julián, con su discapacidad, se transformó en la piedra en el zapato de esta profesora, pues logró poner en evidencia su falta de preparación para educar a cualquier tipo de niños. Un día, tratando de simpatizar conmigo, me mostró algo que ella consideraba una “adaptación” de material para enseñarle a Julián las características del aire. Había hecho el mismo cuadro sinóptico, abstracto y vacío que uno encuentra en cualquier libro viejo, pero lo había elaborado con plastilina y lo exhibía ante mis ojos con cierto orgullo deseoso de tapar una mediocridad insalvable. Entonces le dije: “Si usted me pregunta, le tengo una noticia mala y una pésima: la mala es que esto no le sirve a Julián. La pésima es que no le sirve a ningún niño”. En ese momento, casi al inicio del período que Julián estuvo en esa escuela, me di cuenta de que la búsqueda no había terminado. En un proceso de inclusión, las familias podemos lidiar con muchas cosas, pero no con el engaño y el maltrato, frente al que todo el sistema escolar parece ser indiferente. Además, ella podía ser un caso aislado pero no era la única. Tal vez era la peor, pero no era la única.

Hoy por la mañana he ido a dejar a Julián en su nuevo colegio. Por primera vez en muchos años, se ha bajado del carro junto a su hermano, y ahora comparten el mismo uniforme. Ayer por la noche traté de explicarle por qué era necesario este cambio. Su rostro reflejó confusión y, seguramente, estos días serán muy difíciles. Y sin embargo, me asombra su capacidad de entusiasmarse, su carita curiosa por el nuevo espacio, su sonrisa al repetir el nombre del nuevo colegio.

Tomás también está emocionado, pero temeroso. Hemos hablado con él: no tiene de qué preocuparse. Debe concentrarse en lo suyo y no responsabilizarse por su hermano. Todo saldrá bien, le he dicho, a pesar de la incertidumbre que me embarga. ¿Será este colegio el lugar que finalmente nos acoja a todos en eso que somos, una familia con discapacidad, y que nos dé la estabilidad que necesitamos?, ¿será este el lugar de los nuevos amigos, del aprendizaje diferenciado y respetuoso de la diversidad? Con todo mi corazón y mis fuerzas, espero que sí. Julián ya tiene diez años y no tengo ganas de seguir probando. Tomás adora su colegio y la experiencia el año pasado ha sido maravillosa. Quiero pensar que todo saldrá bien. Seguimos.

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