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Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

Por Karina Marín

Desde el principio supimos que la decisión de dejar Colombia afectaría a Julián de manera particular. Luego de un año y medio de buscar un colegio que quisiera abrazar el proceso de aprendizaje de Julián, y de encontrar un lugar confiable y realmente comprometido con la diversidad en Bogotá, volver otra vez al mismo camino, espinoso y agotador, nos provoca un sinnúmero de dudas.

En mayo, viajamos todos a Quito para que Julián hiciera una “pasantía” de tres días en un colegio que se autodefine como inclusivo y respetuoso de los derechos humanos. Al final de dicha evaluación, la directora me indicó, no sin ambigüedades y enredos, que no aceptarían a Julián. Los argumentos que esbozó, y que pude vagamente comprender, pusieron en evidencia el único motivo real de esta negativa: el colegio teme dejar al descubierto su incapacidad de manejar la inclusión de forma íntegra, ética y comprometida. Decirle que no a un niño como Julián, a pesar de autodefinirse como incluyentes, es confirmar que muchos colegios han asumido una actitud mediocre frente al respeto del derecho a la educación de todos los individuos, sin distinción alguna: se trata de una actitud a la que ahora llamo “inclusión excluyente” o “inclusión selectiva”, que revela no solo el desconocimiento de la práctica inclusiva, sino un modo superficial de entender esa práctica, algo que ayuda a ciertos colegios a venderse mejor. En un mundo de vegetarianos estacionales, amigos de los animales según el humor, ecologistas de ocasión y dietas light seudo reaccionarias con el ‘imperio’, se ha puesto de moda ser inclusivo y políticamente correcto: mucha gente no tiene reparos en decir: “pero si yo no soy racista, hasta les doy la mano a los negros”, o “a mí me encantan los niñitos especiales porque son angelitos y vinieron a enseñarnos algo mágico” (así tal cual, me lo han dicho, doy fe…), sin reflexionar ni por un segundo sobre la agresividad de tales afirmaciones. En otras palabras, ser inclusivo -como ser Montessori- es ser ‘cool‘ y sirve para que los profesores y otros padres tranquilicen su conciencia diciéndole al mundo que han elegido para sus hijos un colegio “amigo de la naturaleza y de las diferencias”.

A una semana de que inicie el período escolar en Quito, los colegios con los que hemos intentado un diálogo nos han dicho tajantemente que no. Lo han hecho de modo radical, sin conocer a Julián. La mayoría aducen no tener cupos. A estas alturas, claro, es el argumento más cómodo para no poner en riesgo la apariencia ‘inclusiva’ que les ayuda a venderse y a simular que cumplen con una ley tan mediocre como ellos.

Mientras tanto, empiezo a preguntarme si la inclusión es el camino correcto. ¿Tiene sentido someter a Julián a evaluaciones en las que los ojos evaluadores ven en él un problema?, ¿tiene sentido concentrar las esperanzas en un sistema educativo caprichoso e inequitativo?, ¿tiene sentido confiar en leyes contradictorias y ambiguas? Empiezo a dudar. Y no de su derecho a estar incluido ni del propio Julián: empiezo a dudar, cada vez con más fuerza, del sistema. Empiezo a pensar que educarlo en casa, en libertad, puede ser la mejor opción.

La agresividad de la que hemos sido testigos y víctimas en este camino me llena de espanto: he escuchado a directores de colegios decirnos que debemos “conformarnos” con la realidad de nuestro hijo y buscarle un cupo en un colegio especial -cosa que, no me canso de decirlo, sucederá sobre mi cadáver- o asegurar que no evalúan a niños cuyo aspecto físico pueda alterar y espantar a los otros niños. Aterrorizada con tales ideas que para mí son medievales y aberrantes, mi instinto maternal y mi sentido común me dicen que someter al Julián a esos criterios es someterlo a vivir bajo una lógica de violencia que siempre ha pesado más sobre los individuos considerados ‘diferentes’, esos a los que la sociedad ha ubicado en un espacio de ‘anormalidad’ e ‘improductividad’ Si respeto a mi hijo y lo amo tal y como él es, ¿qué coherencia tiene seguir tocando las puertas de la violencia?

Pero esto no significa que bajaremos los brazos: en tanto nos instalemos bien en esta nueva ciudad -paradójicamente ajena y propia- iniciaremos la nueva lucha: la Ley de Discapacidades deberá ser modificada, en concordancia con los acuerdos internacionales que Ecuador ha firmado en materia de los derechos de las personas en situación de discapacidad y que, oh sorpresa, no cumple. Mientras tanto, el Juli no postergará su vida y trabajará en casa para que, por fortuna, su sonrisa de grandes dientes nos llene de luz día tras día.

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8 thoughts on “Inclusión excluyente

  1. Karla Armas dice:

    Estimada, qué tristeza me da como ecuatoriana y quiteña leer tu caso. Siento mucho que tu familia esté pasando por esto. Además de la mudanza, tienen que sufrir discriminación. Espero que encuentres solución, te doy mi correo para que puedas contactarme, por si puedo ayudar con recomendaciones de dos colegios que me parecen podrían no entrar en la categoría de colegios que mencionas. Además, por si necesitas conversar con una quiteña, madre de dos hijos. Abrazos

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    1. kasomala dice:

      Un gusto Karla. Gracias por la solidaridad. Te escribo por interno y estaremos en contacto. Karina

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  2. paulina dice:

    Mi solidaridad y apoyo. Conozco de manera muy superficial las escuelas “incluyentes” en Quito. Pero mirando en internet esta me parece que podría ser una opción: http://fundacionskasdespertar.org/
    Espero encuentres pronto un lugar apropiado para Julián, donde lo respeten y lo quieran. Saludos

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    1. kasomala dice:

      Gracias Paulina. Te comento que el día que escribí este post, justamente me comuniqué con el colegio que citas y sin darme mucho chance, me dijeron que no tienen cupo. De todos modos, se trata de un colegio que no hace inclusión: cuando la población escolar en proceso de inclusión se iguala casi en números a la población que no, se pierde el espíritu inclusivo. Skas tiene un 40% de niños en proceso de inclusión. Eso significa que de cada diez, cuatro requieren apoyos o adaptaciones. Eso es casi una escuela especial. Hasta donde sé, y la verdad es algo que comparto, un verdadero proceso de inclusión funciona cuando no hay más de dos estudiantes incluidos por aula. Un abrazo y gracias por el comentario.

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  3. Angel Marín dice:

    POR EL JULI .-
    SEÑOR. Yo aprendí a rezar arrodillado con mi vieja, si nunca te fui con quejas hoy me tenés que escuchar… Porqué tienen que pagar estos niños inocentes de que en el mundo haya gente que sólo piense en cuentiar, que leyes, eso debe estar en los corazones, amor y entrega para la educación, sin diferenciar.
    Tu abuelo que te quiere mucho.

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    1. kasomala dice:

      Te quiero mucho papi… gracias por tu apoyo de siempre y por tu cariño. Te queremos!

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  4. Monica Cevallos dice:

    Por si aún te interesa en Quito está el único colegio que tiene un Aula de Recursos especializada, para niños con capacidades especiales, que trabaja de forma incluyente con los otros niños, es el Liceo Internacional que desde su creación, hace más de 20 años, se ha distinguido por ser el mejor colegio de la ciudad tanto por su nivel académico, cuanto por su sensibilidad en el caso de niños especiales, que son totalmente incluidos en la vida diaria, junto con los demás alumnos. Conozco de cerca el Colegio y definitivamente te lo puedo recomendar

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    1. kasomala dice:

      Estimada Mónica, gracias por tu sugerencia. El Liceo Internacional no realiza inclusión, lleva a cabo un modelo anterior de educación que se conoce como integración. En el modelo inclusivo, los niños no salen nunca del aula regular, de manera que el Aula de Recursos, como está concebida en ese colegio, es innecesaria. Afortunadamente, Julián ya tiene un colegio realmente inclusivo. Es más difícil hacerlo así, pero es el camino correcto.
      Tampoco usamos ya el término “niños especiales”. Lo correcto, ahora, es decir, “niños (as) con diversidad funcional o con discapacidad”. Saludos.

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