el sonido de tu voz

Reflexiones sobre inclusión y discapacidad

Por Karina Marín

Cuando llegamos a Bogotá, Tomás empezó a decir sus primeras palabras y Juli aprendió a cantar. El Juli no había cantado nunca antes y una tarde, como si nada, lo escuchamos cantar. Por eso este blog adoptó el nombre de “El sonido de tu voz”, aunque antes se había dado a conocer con un título menos afortunado. Pero el blog nació en Bogotá hace poco más de cinco años, como un acto de catarsis ante la presión y el miedo que sentía en aquel entonces por tener que criar a un niño en situación de discapacidad.

Hoy, dentro de unas horas y después de seis años, dejaremos Bogotá. En todo este tiempo, el Juli no ha dejado de cantar y Tomás se ha transformado en un delicioso interlocutor. Hoy dejamos Bogotá y ya no siento presión ni miedo, pero sí una profundísima nostalgia…

Bogotá será siempre en mi vida el lugar del aprendizaje. Es muy simbólico: en esta ciudad, Tomás empezó a ir a la escuela. Para Juli la situación fue más complicada, pero se encontró con el lugar adecuado en el momento oportuno y pudo completar su primer año de escolarización. No sabemos qué pasará en Quito, pero en Bogotá aprendimos que aprender es un asunto no de instituciones perfectamente constituidas, sino de mentes libres y cuestionadoras. En ese aprendizaje, nos acompañaron personas que guardan un lugar único en nuestros corazones: Mary, de Brincos y Brinquitos, y toda la gente que trabaja con ella, en especial Jenny, Marlene, Claudia, Johanna, Clara, Yurbi y otras personas que pasaron por Brincos y por la vida del Juli solamente para dejarle algo bueno: Mariana, Adriana, Lady, Estefany…  Nos acompañó el maravilloso Juan Pablo, el profesor de música, cuyo oficio está impulsado por la pasión y la constancia. Nos acompañó Carol, quien se transformó en una presencia tan familiar para nosotros, que cada vez que llegaba, nuestra casa se tornaba más alegre y cálida. Ella le enseño a Julián a saltar y a ser el travieso que es ahora. Nos acompañó con valentía la gente del colegio Agustín Nieto Caballero, esos que se animaron a apostarle a la inclusión y a aprender cada día cómo llevarla a cabo: Harold, María Eugenia, Tatiana, Beatriz, Felipe y el resto de profesores cuyos nombres escuchamos a diario en casa de la boca de un Juli cada vez más amado y respetado por lo que es. Nos acompañaron muchos niños, en especial Sofía y Valeria, las amigas que Julián necesitaba tener. Y por supuesto, nos acompañó el Colegio Gran Bretaña, un lugar en el que Tomás aprendió a disfrutar el proceso de aprender.

Bogotá es aprendizaje: en Bogotá conocí a dos personas que transformaron mi visión de la discapacidad y cuya presencia en mi vida es ahora parte de lo que más valoro: Mónica, cuyo trabajo en Asdown y con otras asociaciones es admirable y cuya lucha por la inclusión escolar de niños y niñas en situación de discapacidad es de una claridad crítica y política tremendamente inspiradora. Y mi maestra y amiga, María Cándida, que me dio el espacio y los oídos para pensar la discapacidad desde los modos de representación, la literatura y el arte, y para desafiar mis propios paradigmas. Su generosidad hacia sus estudiantes, hacia mí, y su sensibilidad la hacen un ser humano imprescindible.

En Bogotá volví a las aulas y me re-encontré conmigo misma de maneras diversas y complejas, afortunadamente. La Universidad de los Andes se transformó en ese espacio de re-encuentro y de crecimiento que yo necesitaba. Pero también en el espacio de los nuevos amigos.

Carolina, Andrea, Hugo, David, Mario, Francia y Andrea me permitieron aprender de ellos tanto en el aula de clase como en los espacios menos formales -y muchas veces más enriquecedores. Y mis compañeros me acogieron de un modo que me cuesta describir sin lágrimas: Vero, Angela María, Angela, Mauricio e Iván, Edwin, Lorena, Farouk, Ronald, Graciela y tantos otros caminaron conmigo durante la etapa de la maestría y me ayudaron a volver a las aulas de la mejor manera posible. Durante la última etapa, otros se han juntado a este mi aprendizaje: AnaMa, Carlos, Sergio, Vanessa, Tanya, Mónica, Constanza, Oscar, Mario, Danny, Julián, Felipe…

Tuve la suerte de encontrarme con Azuvia y de compartir no solo un momento complejo de nuestro aprendizaje académico, sino también charlas y risas motivadoras. Tuve la suerte de tener lo que solamente puedo describir como “mi parcero”, Julián, con quien cualquier excusa fue siempre buena para el abrazo y la conversación. Tuve la suerte de encontrarme con Jorge Mario, con quien las charlas siempre tuvieron la posibilidad de tomar caminos insospechados. Pude conocer a Christian, con quien tengo la certeza de poder contar siempre y en cualquier momento.

En mi casa, aprendí de Faustina la sencillez y la lealtad infinita hacia los hijos. Me une a ella una gratitud infinita. También vi a María asumir el riesgo y la aventura de aprender, y aprendí de su empeño y su constancia.

Aprendí a amar a José Luis de otras formas y a conocerlo y admirarlo desde otros ángulos. Aprendí a ver a Tomás con ojos admirados. Aprendí a ver a Julián.

En Bogotá aprendí. Aprendimos. Nos llevamos de Bogotá tanta gente, tantos momentos…

Hoy, en pocas horas, dejaremos Bogotá. Por eso, retomo el blog que había dejado abandonado… es un modo de llevarme Bogotá a todas partes.

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